Este video fue grabado en su presentación en el Lunario del Auditorio Nacional de México. Siéntate, relájate, escucha y si te queda el saco, pues póntelo. Neta, es muy buena la muchacha.
¿Tengo o no tengo razón?
Me enseñó unos ejercicios para movilizar mis brazos y al mismo tiempo ejercitar unos músculos de mi cuello, que parece ser, que frente al dolor hacen que haga la cabeza hacia delante. Así que ahora ejercito, tipo haciendo papada.
Autorizó que me inscriba al gym y me va a mandar una carta para que me acepten. Esa es otra buena noticia. A dos cuadras de aquí, hay un hotel grande. Por el periódico, nos enteramos que estaban vendiendo “membresías” para su gym. Sacamos cuentas y conclusiones. El lugar convenía mucho más que la misma universidad. Sobre todo por la distancia para mi.
Fuimos a conocer el lugar. Es chico pero con lo suficiente. Caminadoras, cross trainer, bicicletas, algunos aparatados, pesas, jacuzzi y alberca.
Así que solo estamos esperando la carta de la fisioterapeuta para inscribirnos. Sin embargo, la otra parte del plan ya está en camino. Ya empecé con los ejercicios que me dio y en un mes volveré a la clínica, para una sesión de seguimiento. Dice que aunque tenga mucho dolor, debo seguir con mi calendario de ejercicios, que será difícil, pero que debo hacerlo así.
Si todo va bien, en enero o febrero, empiezo a ir con ella a clases de pilates, que según dice, me van a ayudar mucho.
Pues ya está. Descansen sus almas preocupadas. Ya tengo un doctor y una fisioterapeuta cerquita de mi. Ocho meses después de llegar a la isla, pero justo a tiempo para preparar cuerpo para el invierno.
La foto es de la imagen que, en los días soleados, me regala mi ventana. Mi nueva clínica y el Río Shannon.
Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.
Si caminaba hacia nosotros, recitábamos en voz baja y lo dejábamos de hacer cuando él nos pudiera llegar a escuchar. Si pasaba cerca, platicando con su amigo, alcanzábamos a recitar el poema completo. Así era ver a Ojos Claros. Era suplicarle un simple contacto visual. Nada más. Un dulce mirar, lo más piadoso posible, con esos ojos claros serenos.
Nunca me atreví a nada más. En su mirada, se alcanzaba a asomar que, en mí, veía una niña. Además, su amigo inseparable, nunca permitió más. Si por alguna afortunada alineación de las estrellas, nos encontrábamos en algún pasillo, solamente Ojos Claros y yo, de alguna piedra salía aquel amigo, que más bien parecía una maldición.
Han pasado muchísimos años desde aquellos días en que yo recitaba una y otra vez a esos ojos. Hoy, de pronto, vino a mi mente el poema de Gutierre de Cetina, y con él, la historia nunca escrita de Ojos Claros.
Vaya pues, la publicación de este post, en su honor, de su prima y de aquellos días.
Terminé temprano el exámen de farmacología, creí que me llevaría cinco horas, y no, en tres horas y media estoy afuera. Debería irme a domir. No sé muy bien desde hace cuánto no uso una pijama. Las últimas semanas he dormido un par de horas. En un sillón, en la mesa de la biblioteca, en la alfombra del cuarto de alguna compañera, siempre vestida y rodeada de enormes libros.
Nunta te había pedido nada. ¡Una sola vez! y bastó para darme cuenta que no eras digno de mi. Te encargué por un par de días mis violetas. Fui clara sobre las dosis de agua y sol que soportaban. Parecías escucharme. Pero no, no lo hacías. Prefiero pensar que no lo hacías, que algún bano pensamiento te robó la atención. De no creer eso, estaría pensando en estos momentos que quisiste destruir todo. Que, hoy, nuestra historia está en el pasado, no por un error, ni por un mal entendido, sino porque tú así lo planeaste. Que sabías que yo reaccionaría con intenso dolor. Pero no, no te creo tal malo, no lo quiero creer. Sería como aceptar que dormía con un tigre blanco que, ni por su tufo, lo pude distinguir del aroma que desprende un hombre bueno. No, tu olías así, a lavanda y maracuyá, a bosque recién llovido, a cualquier cosa que huela delicioso. Así olías tu.
Pero ya no es así. Ya ni siquiera alcanzo a distinguir si es que desprendes algo. En ti solo veo al hombre que dejó morir mis violetas. Aquellas que me regalaste en el mercado. Su aroma me atrapó pero no me atreví a comprarlas. Tenía tanto miedo de no saber cuidarlas, de que por mi falta de pericia se perdiera para siempre su aroma aterciopelado. No me atrev. Y cuando ya casi me marchaba de ahí, te presentaste frente a mi con ellas en la mano. Dijiste que nadie como yo las cuidaría, me ayudaste a confiar en mi. Con esas violetas se selló nuestro encuentro y nuestro amor.
Por eso, porque esas violetas ¡mis violetas! representaban la confianza que había nacido en mi, el amor que sentía por ti, la dulzura de tu aroma, al morir ellas, todo lo demás, se secó. Ya no importa si te arrepientes, si me explicas o lloras. Es como si al ver morir mis violetas, te hubiera visto morir a ti. A ti el de mi vida. Que tal vez siguas vivo en tu propia vida o en la vida de alguien más, pero no aquí. No, en donde no representas nada, donde ya no importa a lo que hueles. Donde la confianza se mantuvo mientras vivieron nuestras violetas.