Cuarenta años de
intentar ser lo que soñaba llegar a ser. Cuarenta años para acabar siendo lo que no me
imaginaba que sería. Cuarenta años de replantear sueños, incluyendo algunos años en los
que no hubo tales. Cuarenta años que no imaginaba sumar, así que lo que más siento hoy es sorpresa.
Cuando tenía 12 años, creía que al cumplir 25, sería toda una doña. Bendito Dios, no pensé en qué etiqueta me adjudicaría al juntar cuatro décadas.
Hace justo 10 años
escribí una biografía para participar en un concurso de escritura, 10 años después es mucho lo que ha
cambiado mi historia, no de la última década, sino de toda la vida vivida.
En ese entonces, empezaba a caminar veredas
inciertas respecto a mi salud, me dominaba la incertidumbre. Por lo mismo,
experimentaba lo que era no trabajar después de más de 10 años de hacerlo
diariamente y no estaba segura de como sentirme al respecto. Descubría la amistad circunstancial, aún sin
comprenderla y por lo tanto estaba resentida al respecto.
También vivía una estructura familiar
distinta. Mi papá y el abuelo Logios vivían, y con ellos, vivía la posibilidad
de abrazarlos. Vivía aún más lejos de mis amigos de siempre, de mi familia, sin
embargo, se acercaban más que nunca a mi alma.
En ese entonces mis hermanas se volvieron mis muletas, por no decir mi
carrito eléctrico.
Hace 10 años todavía estaba por venir el más
grande amor y las más tristes despedidas. Largas jornadas de descanso y enteras
ciudades por descubrir. Empezaba a ser
lo que hoy en parte soy y me desprendía de la imagen que tenía de mi
misma. Incluso, enseñaba a otros el
camino para despedirse de esa imagen. Encontré aceptación en la frase
“acostúmbrate a vivir así”, frase que
antes me provocaban escalofríos. Me reencontré con grandes cariños y descubrí
un mundo de otros nuevos. Inicié un continuo de “primera vez que”. Y aprendí como en ninguna década había
aprendido.
Los cumpleaños son un buen pretexto para
cerrar y para iniciar. Cerrando para
sacar saldos, en este caso positivo por mucho.
Es más el amor vivido que el desamor experimentado. Son más las sonrisas que las lágrimas. Han
sido más los momentos de paz que los de angustia. Suman más las páginas leídas
que los pañuelos desechables usados.
Más la gente que se ha acercado a mi corazón
y que los que de él se han alejado. Los
minutos de meditación rebasan aquellos llenos de temor. Son más los días buenos que los días no tan
buenos. Sumas distintas a las aprendidas en las matemáticas, porque la existencia
de un factor de características negativas,
resulta en que el factor positivo se multiplique por mucho en su valor
mismo. Vaya, se aprecia más lo disfrutable a raíz de haber vivido lo dolido.
Cada cumpleaños es un buen alto para
agradecer. Lo primero que agradezco en
este, es el haber agradecido con intensidad en los últimos tiempos. Por
supuesto agradezco que sea una edad emblemática. Mira que haber llegado a tal
nivel de adultez que ya un “señorita” luce fuera de lugar.
Los sobrinos e hijos empiezan a tener la edad
con la que nosotros juramos que seguimos al vernos en el espejo. Menuda incongruencia. Las parejas celebran décadas de unión o
segundas nupcias. Cualquier embarazo es
un milagro y ninguno implica el desprestigio de nadie. Las cirugías se mezclan
entre cambio de refacciones y ajustes de chasis a voluntad. Un viaje entre
amigas implica que cada una llevará su botiquín personal en lugar de su
selección particular de bebidas. Los cuarenta es una edad en la que hemos
aprendido a reírnos de nosotros mismos, afortunadamente.
Cumplir cuarenta, todo un
acontecimiento. Un número lleno de
significados, una edad que nada ni nadie le arrebata mérito alguno. Tengo
marejadas de agradecimiento a cada persona que ha caminado junto a mi en algún
minuto de éstos tantos años. Sobre todo,
doy gracias a mi Padre y un merecido reconocimiento a mis papás y a los suyos
por haber hecho posible que yo experimente esto que le llamamos vida.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario