El blog de Pucca está en obras. Vuelvo pronto, ya casi queda

01 febrero 2009

2

Un grito o un golpe, es lo mismo

Parecía que él le había marcado a su celular. Ella bajó las escaleras del restaurant y apenas cruzó la puerta de la entrada, se encontró con él. Se gritaron mientras él intentaba entrar al restaurant, seguramente a buscar a quien acompañaba a la chava. Ella interponía su cuerpo para impedirlo.

En uno de los intentos, él logró abrir la puerta pero ella se la arrebató. En su enojo, un brazo fuerte golpeó la puerta, poniendo nerviosos a los comensales del restaurant que de reojo seguían la escena. En un par de veces, llegaron más clientes al restaurant y la chava se hacía a un lado para que pasaran y eso lo quería aprovechar el ser fúrico para lograr entrar. Sus hermanas o amigas, que hasta ahora habían esperado en la esquina, se acercaron y lograron llevárselo. A los diez minutos entraron y subieron las escaleras. El, era el que ahora esperaba en la esquina.

Fin de la escena.
Entre que ya habíamos terminado nuestra comida y no queríamos ver más drama, salimos del restaurant. Desde ese golpe en la puerta de cristal traigo los dedos queriendo escribir.

Pienso en los perfiles (si es que hay muchos) de los hombres violentos, de los que si hay muchos. Imagino que algunos fueron golpeados de chicos pero hay otros también que jamás recibieron un golpe, ni siquiera una nalgada correctiva.

Algunos son un pan ante el mundo, incluso con su pareja, hasta ganársela y crear una codependencia entre ellos. Luego, en algún momento, algo los altera, las paredes les estorban para explotar y usan su fuerza física (superior) para sujetar, jalar o aventar.


Todos sentimos enojo y todos hemos vivido la impotencia. Algunos lo manejan mejor que otros. Estos, simplemente no lo manejan nada. Cómodamente, digo yo, se dejan llevar por el enojo, lo dejan crecer a rabia y le ceden el paso a rienda suelta. La conciencia ahí sigue, pero la ocultan, deciden dormirla.

Al terminar la gritoniza o el jaloneo, dejan salir un poco de conciencia. Ven los daños, la puerta abollada, un moretón, el llanto y la mirada de terror de ella. Se dan cuenta que fueron más allá de lo que ellos deciden ir en otros luegares. Piden perdón, y creo, es sincero.


Pero un ser irresponsable que esconde la conciencia a complacencia no adquiere responsabilidad por gracia divina, por más divina que sea ésta, eso no lo alego. Sucede que repite la escena, incluso se llega a hacer más intensa quizá porque una vez cruzado el umbral, no importa ir un poquito más allá. No sé.

La cara de él no es desconocida. Puede ser tu vecino, tu jefe, tu compañero del trabajo, tu amigo, tu primo o tu hijo. Tu no lo sabes porque no estás cuando él se enoja con su pareja, pero puedes sospecharlo porque hay algo en él que no está bien cuando las cosas no salen como quisiera.

Abogo porque la mujer que ha sufrido violencia, tenga toda la ayuda necesaria. Psicológica para romper esquemas, de alimentación y comida en caso de que tenga que huir, y legal, por supuesto. Pero también quisiera que la sociedad se atreviera a ver con ojos, menos ciegos, al violento latente y le proporcionara la ayuda necesaria para que aprenda y ejerza el "contar hasta diez".



2 comentarios:

  1. La mierda lo consuma. Creo que la violencia de genero, sea hombre-mujer o mujer-hombre es terrible. Creo que va de la incapacidad de tolerar la frustración y que el agresor cree que la otra persona le pertenece y debe hacer su voluntad; tambien puede ser que regrese a sus momentos infantiles y haga berrinche. Creo que es bastante simple, pero el darse cuenta que se necesita ayuda, eso es otra cosa.

    ResponderEliminar
  2. Das en el punto!! regresiones, berrinches... Bienvenido otra vez microturbian, es un placer tenerte de vuelta de comentador y de vuelta en tu blog.

    ResponderEliminar